Por Lucero Circe López Riofrio
La presencia de la llamada derecha, a través de grupos ideológicos y de choque no es un asunto nuevo, su agenda es evidente que avanza peligrosamente, y ahora podemos reconocer públicamente sus acciones y la forma en que han ido moldeando y configurando una incisiva cultura centrada en el odio y el resentimiento, la cual ha tenido repercusiones nefastas en la vida de las personas, pero que actualmente dirige sus objetivos especialmente hacia los hombres, niños y adolescentes.
Su acción e influencia política no es para menos, la formación de grupos de odio, con una expresión de alta violencia y choque ha sido documentada desde hace ya varias décadas en nuestro país, no sólo el Yunque, sino también otras expresiones de apoyo al nacismo y el fascismo en diversos semilleros juveniles instalados en diversas escuelas que van desde la formación inicial hasta preparatorias y universidades, en los que se ha impuesto una ideología ultraconservadora y de fanatismo religioso.
Afortunadamente, el movimiento feminista, en particular, ha dado cuenta de las expresiones de odio y de violencia extrema que han quedado manifiestas en diversos medios, investigaciones, comunicados, demandas e incluso en reuniones de las Naciones Unidas, como lo fue en la cuarta conferencia de la Mujer celebrada en Beijing, China en 1995, en donde las representaciones ideológicas y religiosas como judíos, católicos y musulmanes se unieron para impedir que los derechos sexuales y reproductivos se concretaran y se hicieran accesibles para la población en su conjunto, porque el avance de los derechos humanos de las mujeres también beneficia a los hombres.
Estos grupos se oponían a disminuir la incidencia de la mortalidad materna, el acceso a los métodos anticonceptivos, la erradicación del embarazo adolescente, la gratuidad y profesionalismo en la prestación de los servicios de planificación familiar, el derecho al aborto seguro, la atención integral a la violencia contra las mujeres, la erradicar la feminización de la pobreza, la reducción de las brechas de género en la educación básica y media entre niñas y niños, todas estas medidas eran en ese entonces encorchetadas para evidenciar desacuerdo e impedir que se atendieran y financiaran porque según estos grupos, caracterizados por fuertes conflictos bélicos, pero férreos “defensores de la vida”, eso no les impidió hacer un frente común contra aquello que desde sus creencias atentará contra la familia natural, los valores morales, las buenas costumbres y la vida.
A pesar de las críticas y denuncias de los grupos de las mujeres y feministas, estos grupos de ultraderecha y conservadores se unieron a pesar de sus diferencias ideológicas y políticas para estar en contra de las mujeres, expresando su odio y desprecio, porque enarbolaban el progresismo y la defensa de los derechos humanos, que a su interpretación era “comunismo” y para estos hombres representantes diplomáticos y políticos libertarios, defensores a ultranza de la vida, así como de sus intereses y de todos aquellos otros hombres defensores de conductas machistas y violentas. Es decir, lo que hicieron es lo que ahora llamamos pacto patriarcal, uno de muchos.
Estos grupos que unidos a los consorcios empresariales y multinacionales, han logrado tener arraigo y permanencia en diversos espacios de toma decisiones no sólo en la política pública los medios de comunicación y las redes sociales, pero también en el sistema educativo, desde donde defienden sus intereses y privilegios, encubriendo y alentando manifestaciones de violencia extrema y de odio, posicionando la superioridad jerárquica atribuible al sexo, género, raza, clasismo, riqueza y opulencia, preponderando la meritocracia, el colonialismo y el extractivismo, la imposición de la mano dura, la pena de muerte, la aporofobia, sólo por señalar algunas características.
Bajo este enfoque la criminalización, es en sí la política pública impuesta y validada por estos grupos de ultraderecha, alentando una política transversal principalmente centrada en el trato asistencial y subordinado más no basado en el reconocimiento de los derechos, impidiendo romper de tajo con la continuidad de una estrategia de control social que obliga a la perdida real de libertades, bajo un supuesto “consentimiento” para que puedan ser atendidas sus demandas.
Estos actos han tenido efectos brutales principalmente en las niñeces y adolescencias, por ello no deja de sorprenderme las expresiones de odio y violencia extrema, evidenciados en hechos como el bullying escolar y las agresiones sexuales dentro de los espacios escolares, conductas que ponen de manifiesto que debe “corregirse” la preferencia sexual y que originan sentimientos profundos de superioridad, pero también de un gran resentimiento y desolación.
Desde los grupos de padres de familia y sus voceros en la función pública y muchas veces desde el Congreso y los partidos políticos, recordemos que se opusieron al uso de un lenguaje no sexista e incluyente, a la información y educación sexual integral, así como al laicismo y un sistema educativo basado en el reconocimiento de los derechos humanos, la paz, la diversidad, etc.
Lo cierto es que la proliferación de escuelas privadas asociadas a grupos religiosos de extrema derecha es una realidad, en las que utilizan el punitivismo para “educar y formar” a hijos e hijas “rebeldes” por lo que la disciplina es severa e intransigente, que deshumaniza.
Es por ello por lo que en esta batalla cultural son los hombres, niños y adolescentes los objetivos centrales, no es casual que las redes sociales promuevan voces que construyen contenidos y narrativas en donde exaltan la masculinidad tradicional y machista, donde se culpa al feminismo de la perdida del valor de “ser hombre” y destrucción de la “familia”, donde se alienta la violencia hacia la diversidad sexual especialmente hacia los grupos trans, se hace apología al delito, se destaca el resentimiento, la venganza, el sufrimiento y el dolor como manifestaciones a imponerse, agrupando íncels, fascistas, neonazis, narcocultura, a los que no hay que perder de vista por los altos riesgos que implicaría para todas, todos y todes.
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