Por Alejandro Vargas
En las últimas semanas ha surgido como un tema de interés en los medios de comunicación, la expresión del jurista y activista mexicano Hugo Aguilar Ortiz, virtual Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, a partir de septiembre próximo, en el sentido de que, al llegar a ocupar ese alto cargo en el tribunal constitucional de nuestro país, no utilizará la toga que tradicionalmente portan los integrantes de esa corte.
Pues bien, más allá de las opiniones ideológicas y políticas que se han expresado en torno a ese tema y el significado que cada grupo político, desde su trinchera y a su conveniencia, de manera arbitraria le han asignado a la toga, como un mero símbolo de tal o cual cosa -insisto, alejándonos de ese ámbito-, y desde luego teniendo presente el derecho y la plena libertad de cada persona juzgadora para decidir si la usa o no en el desempeño de sus funciones, me parece útil aprovechar este momento para reflexionar y recordar un poco cuál es la razón histórica que distingue la utilización de esa prenda, propia de los impartidores de justicia.
En primer lugar, es necesario establecer que el hecho de que los jueces utilicen una toga, en realidad no proviene de la pertenencia de tales personas a un grupo político o que se inclinen por determinada ideología, ni tampoco se debe asumir que quienes la utilizan, sean personas de pensamiento conservador, sino que esa prenda, en realidad, para los juristas tiene un profundo significado simbólico y funcional, cuyos orígenes se remontan hasta el derecho romano y la tradición jurídica europea.
En efecto, la toga tiene su origen en la república romana, donde era una prenda distintiva tanto de los ciudadanos, como de los magistrados, en sus versiones más solemnes. No era una simple vestimenta, sino que era una marca de estatus y de deber público. El magistrado romano usaba una toga de color blanco, como un símbolo de pureza y responsabilidad moral.
Esta noción se fue adaptando con los siglos en Europa, especialmente en la Edad Media, cuando las universidades y cortes comenzaron a usar vestimentas específicas para distinguir a los distintos actores del saber y la justicia.
La toga negra, tal como la conocemos hoy en muchos países, se consolidó en la tradición jurídica europea, en particular en Inglaterra y Francia, como una forma de enfatizar la seriedad, la discreción y la neutralidad del juez.
En América Latina, heredera de esas corrientes culturales, la toga fue incorporada como parte del aparato simbólico del Poder Judicial.
Sus principales significados son autoridad y legitimidad, porque la toga simboliza el poder del Estado que se deposita en el juzgador para impartir justicia. Representa la investidura del cargo, lo que significa propiamente que quien la porta ha sido formalmente autorizado para juzgar conforme a la ley.
En ese sentido, cabe recordar que la función de juzgar a las personas, en las primeras sociedades que son el origen de la cultura occidental, se encontraba reservada para los mismísimos dioses, de ahí que al depositarse esa función en una persona común y corriente, como ocurre en las sociedades que han venido evolucionando dentro de esa misma cultura, lo cierto es que la toga distingue a las personas autorizadas, ahora por el Estado, para efectuar una labor tan alta y sensible como la jurisdiccional, esto es, decir el derecho y asumir determinaciones con la característica de ser vinculantes, sobre los bienes y derechos de otra persona, precisamente siguiendo los parámetros de la justicia.
Por lo que, en ese tenor, en la actualidad, la toga actúa como un recordatorio constante de que sus decisiones deben estar guiadas por la ley, no por sus convicciones personales.
También la toga es un símbolo de imparcialidad y neutralidad, el color negro, común en muchas jurisdicciones, representa sobriedad, seriedad e imparcialidad. Al ocultar la ropa personal del juez, la toga ayuda a despersonalizarlo, resaltando que no juzga como individuo, sino como representante de la ley.
Por ello, el hecho de que el juez cubra su ropa común es, simbólicamente, implica cubrir sus preferencias personales, sus historias y sus posibles sesgos, pues al impartir justicia lo que importa no es quién es el juez, sino que realmente sea justo.
Otro de los muchos significados relevantes de la toga es la igualdad en la función judicial, en el sentido de que todos los jueces usan una toga similar, lo cual simboliza que, al momento de ejercer el desempeño de sus funciones, no hay jerarquías personales, sino solamente roles institucionales iguales ante la ley, reiterándose que no importa quién es el juez, sino que quien lo haga, decida en base a la justicia.
Por último, la toga también significa tradición y continuidad jurídica, puesto que portar la toga también representa la continuidad histórica del Poder Judicial y el respeto por el derecho como una construcción histórica que ha evolucionado a lo largo del tiempo.
Precisado lo anterior, cabe señalar que en la actualidad, en un mundo donde la imagen lo es casi todo, pocos símbolos conservan su poder con tanta claridad como la toga en el ámbito judicial y no se trata de un simple atuendo o solemnidad, sino, como vemos, de una prenda cargada de significado.
La toga, al cubrir al juez, también lo desnuda de su individualidad, oculta sus gustos, su origen, su estatus, y nos recuerda que no juzga como persona, sino como institución.
El color negro de la tela tampoco es casualidad, pues expresa sobriedad, imparcialidad y distancia del bullicio cotidiano, al vestirla, el juez encarna la voz de la ley y no la propia, es al final una invitación y una obligación, para decidir con rigor, sin sesgos ni protagonismos.
En tiempos de creciente escepticismo hacia las instituciones, la toga nos recuerda que la justicia no debe ser espectáculo, sino función ética. Vestirse con ella es comprometerse con ese ideal.
En mi experiencia como juzgador, por decisión personal, ha habido épocas en las que he utilizado la toga y otras en las que no, quizás motivado por el tipo de audiencia, la clase de asunto y a veces incluso por las características de las instalaciones de la sala de audiencias o la audiencia incluso de una sala de oralidad.
Por lo que en mi opinión, si bien quien funja como Presidente del máximo tribunal de nuestro país, tiene todo el derecho a decidir en lo personal, si utiliza o no la toga en el desempeño de su labor pública, pero quizás esa decisión pueda originarse en muy diversas razones, tal vez, por ejemplo, en propiciar una imagen más cercana a la gente.
Pero en realidad esa determinación personal de cada juzgador, no debería pasar por el hecho de que asignemos y relacionemos a esa prenda con una forma de pensamiento, ideología o con la pertenencia a un grupo político, con el que no nos sentimos identificados, ni mucho menos que por medio de alguna ley, se proscriba su utilización en las personas juzgadoras, sino que recordando su verdadero y profundo significado, decida cada quien lo que en su individualidad y de acuerdo a sus propias convicciones, crea lo más conveniente.
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