☞ OPINIÓN | 8M. La farsa de la perfección

Por Araceli Gutiérrez

La filósofa, escritora y feminista española Amelia Valcárcel, habla sobre la falsedad de la perfección, como el símbolo de la mujer idealizada en una ficción.

Para que una mujer sea respetada, escuchada o considerada como “igual”, la sociedad le exige ser excepcional. Se le pide ser una profesional impecable, una madre intachable y moralmente superior. Debe tener una vida respetable, “decente”, ya que si ha tenido muchas parejas podría rayar en lo “indecente”. Su forma de vestir es fundamental para saber si califica o no.

Valcárcel sostiene que la verdadera igualdad no se alcanzará cuando las mujeres demuestren que son “mejores” o “perfectas”, sino cuando tengan el mismo derecho que los hombres a ser mediocres, a equivocarse y a tener defectos sin que eso signifique perder sus derechos o su credibilidad.

Suena muy fuerte, pero es real. Pareciera que las mujeres tienen que convencer al mundo de que lo van a hacer mejor y debido a ello, se pueden ganar el derecho a ocupar espacios (y no por el solo hecho de ser iguales a los hombres), cuando por siglos ha habido hombres que lo han hecho terriblemente mal. Pero no me mal entiendan, esto no es un llamado a la mediocridad, es una reflexión sobre la exigencia desigual que hay hacia las mujeres “en razón del género”.

Por eso, cuando ellas gobiernan, lo primero que dicen es: ¿pues no que las mujeres iban a gobernar mejor?, ¿para eso quería ser gobernadora? ¿O presidenta? Y entonces los errores, no sólo son errores por falta de capacidad o de compromiso, sino también por ser mujeres.

Ahí está el detalle fino en la farsa de la perfección, las diputadas, o gobernadoras que lo hacen mal, “no lo hacen mal por el hecho de ser mujeres”. Lo hacen mal, porque al igual que a otros hombres les falta compromiso, capacidad o profesionalismo, pero no tiene nada que ver con el género.

El objetivo final no es que las mujeres sean consideradas seres “especiales” o “superiores” moralmente, sino que logren la equivalencia humana total. Es decir, que, ante la ley, el Estado y la sociedad, valgan exactamente lo mismo que un hombre.

Valcárcel, critica duramente que cuando los hombres buscan poder y dinero se les llama “líderes”, pero cuando una mujer lo hace, se le tacha de “ambiciosa”; y para muestra un botón, recientemente conocimos el caso de una mujer que fue señalada de ambiciosa por aspirar a un cargo político, juzgada públicamente nada menos que por Don Fernández Noroña.

Sirva esta reflexión en el marco del Día Internacional de la Mujer.

Las opiniones emitidas por los colaboradores de Metapolítica son responsabilidad de quien las escribe y no representan una posición editorial de este medio.

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