Por Araceli Gutiérrez
Dicen que ¡el que paga manda! De todas las encuestas que hemos visto en las últimas semanas, lo único cierto es que la credibilidad de las encuestadoras es cada vez mas baja. Y es que la falsedad de información es tan voraz y contradictoria entre unas y otras, que ya ni siquiera llama la atención consultarlas.
En las mediciones que se publican, pueden salir a la cabeza perfiles y partidos completamente distintos tan sólo de un día para otro, ahí puedes darte una idea de quien la financió, lo malo es que, entre tantas mentiras, resulta imposible saber qué encuestadora está haciendo su trabajo con seriedad.
No vayan a pensar que las encuestadoras hacen esa chamba de manera gratuita, en realidad, es atípico que diversas encuestadoras, por iniciativa propia (pro-bono), decidan posicionar perfiles colocándolos intencionalmente como punteros en sus aspiraciones políticas. Recordemos que el objetivo fundamental de una encuesta es recopilar información, datos u opiniones de una muestra representativa de personas, para medir o proyectar el comportamiento y las preferencias de una población más amplia.
Pero si lo que se publica son cuentos chinos y números alegres, lo único que se refleja es el fracaso y la carencia de las encuestadoras. Esa miseria y pobreza ética en su desempeño con datos salidos de la nada, distorsionan la voluntad del electorado y no abonan en la construcción de un sistema democrático.
Son encuestas de escritorio o los llamados trackings telefónicos de bajo costo que se publican de manera frecuente si mayor profundidad científica y buscan generar el efecto psicológico que conocemos como bandwagon, o efecto de arrastre (al pretender hacer que la gente vote por el que supuestamente va a ganar), pero alejándose por completo del rigor metodológico de las verdaderas mediciones.
Mientras la verdadera demoscopia busca ser un mapa fiel de las preferencias ciudadanas, el lucrativo negocio de la encuesta a modo se dedica a construir castillos en el aire. Fabricar punteros de papel e inflar candidaturas no solo es un fraude para el electorado; es una trampa tan seductora que los propios políticos podrían acabar atrapados en ella.
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